
A los ocho años entré por primera vez en un aula de música, sin saber que aquella tarde cambiaría mi vida. Años más tarde y después de muchas vueltas buscando, encontré el camino que siempre había estado esperándome.
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A los ocho años entré por primera vez en una Escuela de Música, sin saber que aquella tarde cambiaría mi vida. Descubrí que unas bolitas y unos palitos sobre cinco líneas podían dar nombre a los sonidos, y esa idea me fascinó. Empecé piano al mismo tiempo, y enseguida tuve clarísimo lo que quería ser de mayor: director de orquesta. Mi profesora me propuso empezar en el coro de voces blancas, y mi pasión fue creciendo hasta cantar como solista.
Entonces llegó la pubertad, y con ella el cambio de voz, una mudanza de ciudad y una nueva escuela que fue apagando mi sueño de ser director de orquesta. Aun así, terminé el grado medio de piano, pero me alejé de la música reglada. Nunca me fui del todo: toqué el teclado en grupos y orquestas, grabé sintonías y coros para discos y programas de televisión, compuse canciones por encargo. La música seguía ahí, esperando.
A los 23 años, sin saber qué carrera estudiar, me matriculé en la Universidad Autónoma de Madrid. Entré en el coro y la orquesta de la universidad y, sin ninguna formación vocal, me encontré cantando como solista. Un año después, la profesora que daba formación vocal en el coro, Lola Bosom, vio algo en mí y me propuso clases más serias. Poco después me animó a presentarme a la Escuela Superior de Canto de Madrid.
Fue entonces cuando dejé mi trabajo en la Fundación Yamaha Música y organicé mi vida entera alrededor de un objetivo: estudiaba por las mañanas, de 8h a 14h, y vendía telefonía móvil en un centro comercial por las tardes, de 16h a 22h, todos los días de la semana. Me tracé un camino: primero refuerzos en coros como el de RTVE o el del Liceu de Barcelona, después papeles pequeños en compañías pequeñas, luego roles principales y comprimarios en teatros más importantes. Hasta que debuté como Vidal en Luisa Fernanda en el Teatro de la Zarzuela y como Fígaro en Il Barbiere di Siviglia con el Ópera Studio del Teatro Real. Tenía 31 años cuando pude, por fin, empezar a vivir del canto.
Desde entonces he cantado en teatros como el Teatro Real de Madrid, el Théâtre du Capitole de Toulouse, el Teatro San Carlo de Nápoles, el Teatro Colón de Bogotá, el Gran Teatro Nacional de Lima o el Maggio Musicale Fiorentino. Parecía que mi carrera solo podía seguir creciendo.
Años después fui padre —padre adoptivo de unos hijos maravillosos— y eso cambió mis prioridades. Rechacé contratos fuera de España para estar cerca de ellos, porque la vida es cuestión de elegir bien qué se antepone a qué. Hoy sigo cantando, ahora cerca de mi familia, viviendo esta profesión como lo que siempre fue para mí: una forma de ser feliz.
At the age of eight I walked into a music school for the first time, not knowing that afternoon would change my life. I discovered that dots and lines on a staff could give names to sounds, and that idea fascinated me. I started piano at the same time, and very quickly knew exactly what I wanted to be: an orchestra conductor. My teacher suggested I join the children's choir, and my passion grew until I was singing as a soloist.
Then puberty arrived, along with a voice change, a move to a new city and a new school that slowly extinguished my dream of becoming a conductor. Even so, I finished my intermediate piano studies, though I drifted away from formal music. I never left entirely: I played keyboards in bands and orchestras, recorded jingles and backing vocals for records and TV shows, wrote songs on commission. Music was still there, waiting.
At 23, not knowing what to study, I enrolled at the Universidad Autónoma de Madrid. I joined the university choir and orchestra and, with no formal vocal training, found myself singing as a soloist. A year later, the choir's vocal coach, Lola Bosom, saw something in me and proposed more serious lessons. Shortly after, she encouraged me to audition for the Escuela Superior de Canto de Madrid.
That's when I left my job at the Fundación Yamaha Música and organised my entire life around a single goal: I studied in the mornings, from 8am to 2pm, and sold mobile phones at a shopping centre in the afternoons, from 4pm to 10pm, every day of the week. I mapped out a path: first chorus work at companies like RTVE or the Liceu de Barcelona, then small roles with small companies, then principal and comprimario roles at more important theatres. Until I debuted as Vidal in Luisa Fernanda at the Teatro de la Zarzuela and as Figaro in Il Barbiere di Siviglia with the Ópera Studio del Teatro Real. I was 31 when I could finally make a living from singing.
Since then I have performed at theatres such as the Teatro Real in Madrid, the Théâtre du Capitole de Toulouse, the Teatro San Carlo in Naples, the Teatro Colón in Bogotá, the Gran Teatro Nacional de Lima, and the Maggio Musicale Fiorentino. It seemed my career could only keep growing.
Years later I became a father — an adoptive father of wonderful children — and that changed my priorities. I turned down contracts abroad to stay close to them, because life is about choosing wisely what comes first. Today I keep singing, close to my family, living this profession as it has always been for me: a way to be happy.
Premio Fin de Carrera Lola Rodríguez Aragón en la Escuela Superior de Canto de Madrid. Primer Premio en el Concurso Internacional de Canto «Ciudad de Logroño» y Premio Especial en el «Francisco Viñas».
Ha trabajado bajo la batuta de Alberto Zedda, Renato Palumbo, Nicola Luisotti, Eliahu Inbal y Jesús López Cobos.
Lola Rodríguez Aragón End-of-Degree Prize at the Escuela Superior de Canto de Madrid. First Prize at the «Ciudad de Logroño» International Singing Competition and Special Prize at the «Francisco Viñas».
Has worked under the baton of Alberto Zedda, Renato Palumbo, Nicola Luisotti, Eliahu Inbal and Jesús López Cobos.
Dirigido escénicamente por Robert Carsen, Peter Sellars, Mario Martone, Graham Vick, Emilio Sagi, Paco Azorín y José Carlos Plaza.
En la actualidad trabaja su repertorio con el barítono Carlos Álvarez y con Valle Duque.
Stage directed by Robert Carsen, Peter Sellars, Mario Martone, Graham Vick, Emilio Sagi, Paco Azorín and José Carlos Plaza.
Currently working his repertoire with baritone Carlos Álvarez and Valle Duque.
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la mezzo Sandra Ferrández y el barítono César San Martín. Ambos acreditaron desenvoltura, dominio de las tablas y plena compenetración interpretativa, además de factura musical y acentos intencionados, tanto en arias y dúos, como en los recitativos, tan fundamentales en este contexto.
Nos gustó la prestación del Julián de César San Martín, de profunda y timbrada voz de barítono, quien supo resaltar los momentos más emotivos de su papel: desde los iracundos exabruptos contra sus celos "mal reprimidos" a sus confesiones de dolor y cariño por su novia Susana
El barítono César San Martín, en el papel del celoso Julián, fue, sin duda, el gran protagonista de la representación gracias a una sólida caracterización dramática y una buena proyección vocal.
Por su parte, el barítono César San Martín cumplió con creces como Felipe, mostrando una sólida emisión y una voz bien timbrada. Si bien se ajustó al perfil castizo del personaje, supo darle un toque mucho más romántico, escénica y vocalmente.
Felipe, al que dio vida César San Martín con variedad de matices y una bien asentada voz baritonal.
El barítono César San Martín, debutante en el personaje de Felipe, brilló con su bien timbrada voz que maneja con soltura y una interpretación matizada del personaje.
Sin duda, la actuación más lograda, por vocalización y dicción, fue la del barítono César San Martín.
Completaba el reparto el buen barítono César San Martín que hizo un Paquiro muy creíble. En todo momento estuvo en su papel tanto en la parte canora como en la interpretación escénica. Siempre muy alejado de cualquier amaneramiento, personaje popular el del gran torero que supo transmitir con sobriedad y elegancia la personalidad que Periquet y Granados atribuyen al majo, popular, pero contenido. Sobrio y elegante. Muy positiva su actuación.
De libro el torero Paquiro, arrogante y ardoroso, además de sólido vocalmente, del barítono César San Martín.
el fanfarrón y provocador torero Paquito del siempre solvente barítono Cesar San Martín
César San Martín encarnó un Julián atormentado, de emisión franca y presencia rotunda, muy destacado en sus intervenciones.
el madrileño Cesar San Martín (Astolfo) enseñó la voz más amplia y aunque es un barítono y no un bajo pasó los graves con suficiencia y mostró un gusto exquisito en sus frases.
El barítono César San Martín se suelta la melena —figurada y literalmente— y brinda una tronchante creación cómica sin sacrificar la musicalidad. Su interpretación del número "Es chiquitito, blanco y rubito" es prodigiosa en este sentido: mientras se somete a un tratamiento de belleza rayano en la tortura, víctima de cada vez más muecas y espasmos, no pierde la línea de canto y resuelve pasajes ornamentados, saltos y descensos al grave, exhibiendo un tono homogéneo en toda su extensión y dotando de intención a las palabras.
si los cuatro intérpretes en su doble cometido alcanzaron una gran altura, es justo destacar, que la bandera la colocó César San Martín, como absoluto dominador de toda la velada. El barítono madrileño sumó a su templanza canora y solidez musical una hilarante, genial, creación «in travesti» de la Baronesa en Gato por liebre y un Don Alfonso en El Vizconde, paródico, pero sin excesos, en su ridícula afectación como custodio de la estirpe Vivar.